Pasado Expresivo y Presente Funcional

 

    La arquitectura, en el pasado y presente, se define por una tensión que no admite resolución definitiva: la que existe entre su carácter utilitario y su carácter expresivo. La arquitectura antigua tendió a privilegiar la expresividad, subordinando la función al símbolo y al valor estético. La arquitectura moderna, al contrario, tendió a privilegiar la funcionalidad, negando o disfrazando lo simbólico. Esto demuestra que la arquitectura tiene un doble carácter, y que es en esa polaridad donde radica el gesto esencial con el que el ser humano habita el mundo.

    La arquitectura antigua, se caracterizó por su expresividad. El templo griego no fue solo un refugio, sino también fua la morada de un dios y la materialización de un orden cósmico y político, pues sus proporciones respondían menos a la estabilidad estructural que a una idea de armonía y belleza que se imponía sobre el caos. La catedral gótica llevó esta lógica a su extremo, pues sus bóvedas y vitrales no sirvieron en el sentido utilitario moderno, sino que convirtieron la piedra en luz, en narración sagrada y en ascenso espiritual. Sin embargo, esta expresividad no eliminó la función, ya que el templo también organizó la vida social y la asamblea, y la catedral también reunió y protegió a la comunidad. Lo decisivo es que en el mundo antiguo la funcionalidad no se concebía como algo aparte del significado, pues construir útilmente era tan importante como construir significativamente, y la polaridad se vivía como unidad indiferenciada con el polo expresivo dominante.

    La arquitectura moderna y actual se enfoca en la utilidad del espacio. El edificio debía ser honesto, transparente y eficiente, es decir, un espacio puramente utilitario, refinado de todo exceso expresivo. Y sin embargo, este intento de purificación fracasó en su propio objetivo, porque el mismo gesto de substraer al edificio de decoración fue ya una decisión estética, un signo y una declaración de principios. Así, la torre de vidrio, un edificio, se convirtió en el símbolo por excelencia del poder corporativo moderno, lo que demuestra que el funcionalismo, al negar la expresividad no la eliminó, sino que la disfrazó, y que la polaridad permanece, escondida bajo la apariencia de la pura función.

    La primacía de la expresividad en la arquitectura antigua y la primacía de la funcionalidad en la moderna conducen a la confirmación de la aseveración inicial. En efecto, la antigüedad cargó la balanza hacia el símbolo y la modernidad hacia la función, y ambas terminaron descubriendo que el polo negado regresa siempre. Esto no es un defecto, sino la naturaleza misma de la arquitectura, porque no hay espacio que no esté abierto por un sistema de signos, y todo espacio, por más neutro que se pretenda, es ya interpretación. Hacer arquitectura es intentar juntar esos polos de la utilidad y expresión .

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